El Partido de Tigre es uno de los lugares más antiguos y atractivos
de la Provincia de Buenos Aires. Este sitio esconde en cada uno de sus
rincones momentos históricos que fueron trascendentes para nuestra
patria.
El distrito de Tigre está situado al N.E. de la provincia de Buenos
Aires, sobre la margen derecha del río Paraná, al norte de la Ciudad
de Buenos Aires, de la cual dista 39 km. Está integrada por las
localidades de General Pacheco, El Talar, Don Torcuato, Benavidez,
Dique Luján y la Primera Sección de Islas del Delta. Sus límites son:
al norte el río Paraná de las Palmas, al noreste el Río de la Plata,
al sudeste el partido de San Fernando, al sur con el partido de San
Martín, al sudoeste con el partido de General Sarmiento y al oeste con
el de Escobar.
Su superficie total (continente e islas) es de 368 km2 y su población,
según el censo de 1991, es de 257.228 habitantes.
Con respecto a su clima este es húmedo y templado, observándose un
suelo arcilloso y con humus.
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El
dibujo es gentileza de AGUSTINA MATTAR |
EL ORIGEN DE SU
NOMBRE
Existen muchas
versiones sobre el motivo por el cual al partido de Las Conchas se le
cambió su nombre por el actual de Tigre. Una de las más conocidas y de
mayor credibilidad es la que cuenta que en una de las grandes
sudestadas producidas allá por 1830, que dice que un yaguareté o tigre
americano llegó a las costas del lugar arriba de una espesa mata de
camalotes. Ante el peligro, que esto significaba para la población, se
le dio caza (aparentemente su cazador fue el mismísimo Milberg).
Desde ese momento el lugar era conocido más por esta situación que por
su verdadero nombre, por lo que el Consejo Deliberante, en el año
1952, renombró a la zona como Partido de Tigre.
VIAJANDO EN EL TIEMPO
A principios del siglo XVI, las tierras que actualmente conforman este
distrito estaban pobladas por aborígenes de diferentes tribus:
guaraníes, querandíes y tehuelches. En el año 1580, Juan de Garay, dio
el nombre de riachuelo de Las Conchas al actual río Reconquista,
debido a que en sus aguas habitaban caracoles y conchas de agua dulce.
Tanto el mencionado riachuelo como su valle de Ilanura fueron uno de
los primeros pagos que rodearon la aldea de Buenos Aires.
En la desembocadura del riachuelo de Las Conchas funcionaba un puerto
que era el nexo entre las islas y el continente. Este puerto fue
considerado punto estratégico por invasores y contrabandistas
portugueses (1680), ingleses (1806) y españoles (después de 1810); que
hombres de gran valor como Acassuso, Liniers junto a la mayoría de los
pobladores civiles resistieron y lucharon contra estos intentos de
conquista y usurpación.
A fines de 1790 el territorio que estaba rodeado por el riachuelo de
Las Conchas fue nombrado legalmente como Partido de Las Conchas, el
cual en ese mismo año Ilegó a su apogeo comercial (contaba con 9
aserraderos y 1 astillero). Pero este pueblo no tendría fortuna,
debido a que entre el 5 y 6 de junio de 1805, una intensa sudestada
causó una creciente que casi lo destruyó, y por lo tanto gran parte de
la población, por decisión del virrey, debió trasladarse a un lugar en
donde pudieran estar a salvo y continuar con una vida normal; ese
sitio en el cual se asentó el pueblo de Las Conchas era Ilamado
"Paraje La Punta", donde al año siguiente se funda "San Fernando de
Buena Vista".
A pesar de ello el pueblo de Las Conchas siguió siendo víctima del
acecho de las aguas, sucesos que provocaron cambios a nivel geográfico
como la transformación de un arroyito (Tigre) en un gran curso
fluvial. La conversión de la península, en donde estaba el puerto, en
una isla, y la variación de las aguas del río Las Conchas, que se
volvieron impracticables, terminarían con el antiguo asentamiento,
dando origen a Tigre en el año 1820.
El Partido de Tigre siempre ha sido, y es aún, un escenario de
cambios. En el pasado varió su geografía a causas de fenómenos
naturales, también su nombre; hoy, a esta importante zona, además de
mantenerla y restaurarla, se la moderniza día a día para ofrecer, a
sus habitantes y turistas, un lugar mejor para vivir y visitar.
EPISODIOS INSÓLITOS
En febrero del año 1900, los fuertes calores provocaron insolaciones,
que hicieron que la población tigrense tuviera que mantenerse ligera
de ropa y en lugares sombríos.
En contraposición a estos sucesos, en el invierno de 1918, un fenómeno
inesperado sorprendió a una curiosa población, una espesa capa de
nieve había cubierto la ciudad por completo.
En abril de 1930, una Iluvia de cenizas provenientes del volcán
"Descabezado", ubicado en la cordillera de Los Andes, provincia de San
Juan, cubrió totalmente el pueblo. Este insólito hecho se debió a los
fuertes y favorables vientos y a los 3830 metros de altura del volcán.
En julio de 1930, Casimira, una pequeña de 11 años, amaneció muerta en
el patio de su casa. Frecuentemente la niña era atada y dejada a la
intemperie todas las noches por sus tutores. Hasta que un día no lo
resistió. Dicen que los ángeles la liberaron, Ilevaron su alma al
cielo. Hoy es un ángel más que habita al lado de Dios. En el
cementerio de Tigre existe un monumento a Casimira, siempre cubierto
de flores.
Pasadas las tres primeras décadas del siglo XX, muchos de los isleños
de Tigre, que vendían en el puerto de frutos sus propias cosechas,
estaban en desacuerdo con la paga de los comercios que adquirían sus
frutas y verduras, instalaron sus embarcaciones en la actual estación
fluvial y remataban sus frutos por unas pocas monedas o directamente
los tiraban al río, hecho que los niños vecinos agradecían.
DEVOCIÓN MARIANA
La Virgen de la Inmaculada Concepción es la patrona del partido de
Tigre, y cada 8 de diciembre se lo celebra con una procesión náutica
en su homenaje.
Su imagen, transportada por un guardacostas de Prefectura, es
escoltada por miles de fieles en todo tipo de embarcaciones que
recorren el delta finalizando en un acto central sobre el Paseo
Victorica con la bendición del Obispo y un espectáculo de fuegos de
artificio.
HISTORIA DEL DELTA
Cuenta la leyenda que en los primeros días de la creación, Dios
descendió a la Tierra para contemplar su obra. Como iba oscureciendo,
se inclinó sobre el terreno y apoyó la palma de su mano abierta para
reconocer el lugar. Al levantarse advirtió que el suelo, todavía
fresco por su reciente formación, había quedado marcada su huella.
Pero rápidamente la llenó con las aguas de un río, originando de esa
manera el Delta del Paraná. La desembocadura de los ríos Paraná y
Uruguay sobre el estuario del Plata provoca una creciente aglomeración
de islas que, por su similitud con la letra mayúscula griega delta
(D), ha tomado este nombre. Los primeros que utilizaron esta
comparación entre el dibujo de la letra y el triángulo que forma la
desembocadura de un río fueron los griegos, con respecto al Nilo.
Desde mucho tiempo antes de que llegaran los españoles a las orillas
del Río de la Plata a principios del siglo XVI, las tierras del actual
partido de Tigre estaban pobladas escasamente. En las islas de Tigre
han sido hallados diversos túmulos o cementerios indígenas, de pueblos
canoeros guaraníes que vivían de la pesca y el cultivo de maíz, con
una alfarería poco evolucionada. Estos aborígenes habitaban la
"frontera meridional" del vasto mundo tupi-guaraní, delimitado al
norte por el Amazonas y al sur en este punto del Paraná, o "río
pariente del mar".
La primera mención histórica del territorio se remonta al 24 de
octubre de 1580 en un documento firmado por el flamante refundador de
Buenos Aires, Juan de Garay, quien otorgó una merced de tierras en el
valle del riachuelo de las Conchas, que 'ha de correr con otra tanta
suerte por la Tierra adentro legua y media' a Gonzalo Martel de Gusmán,
miembro de la expedición proveniente de Asunción por tierra y río, que
fundó Buenos Aires una segunda y definitiva vez. Juan de Garay llamó
riachuelo de las Conchas al curso de aguas muertas, hoy conocido como
río de la Reconquista, que hasta principios de siglo veinte albergaba
caracoles o conchas de agua dulce. El riachuelo de las Conchas y su
valle de llanura fueron uno de los pagos que rodearon la naciente
aldea de Buenos Aires en 1611 ya había unos diecinueve labradores que
cultivaban trigo en la comarca. Si la tierra silvestre valía poco
-unos 50 pesos de la época por un lote de 300 varas de frente por una
legua de fondo-, los campos sembrados y las chacras podían costar diez
veces más. Ya entonces, en la anegadiza desembocadura del riachuelo de
las Conchas funcionaba un primitivo puerto de cabotaje, nexo entre el
mundo fluvial de las islas y la no muy distante aldea de Garay, a un
día de camino, que se aprovisionó desde un principio con la leña y la
madera del Paraná.
Junto a las naves de cabotaje -o contrabando- y el río, se fue
articulando un caserío que a mediados del siglo XVIII comenzó a
figurar en los documentos como pueblo de Las Conchas, nombre que
también se aplicaría al pago de Las Conchas, establecido a fines de
ese siglo. En los mismos años en que se reconoció la existencia del
pueblo de Las Conchas se lo clausuró como puerto, nada menos que por
una cédula real que declaraba a Santa Fe "puerto preciso". En otras
palabras, ninguna nave regular con bandera de España tenía nada que
hacer en el río Las Conchas. Esta medida fue una tardía respuesta al
creciente tráfico clandestino de mercaderías provenientes de Colonia
del Sacramento, que pasaban de las naves contrabandistas a tierra
firme por el cómodo puerto de Las Conchas. Al sur de Buenos Aires, en
Quilmes y la Ensenada de Barragán, sucedía lo mismo.
Desde 1680, cuando los portugueses se afincaron en la otra orilla del
Plata, hasta fines del siglo siguiente, cuando se los expulsó, hubo
que enviar refuerzos a la Guardia de Las Conchas, pues este punto era
uno de los cerrojos externos de Buenos Aires. A la cabeza de los
refuerzos fue comisionado el capitán Domingo de Acassuso, militar
madrileño que el gobernador Herrera envió desde Buenos Aires al pago
de Las Conchas para contener de algún modo el contrabando portugués.
El capitán Acassuso tuvo suerte, pues capturó in fraganti a los
contrabandistas con sus mercaderías, básicamente géneros, producto que
en el Plata del siglo XVII podía valer muchas cuadras de campo. El
Real Consulado destinó 3.000 pesos para los gastos de traslado. En
febrero del año siguiente el virrey y la virreyna marqueses de
Sobremonte con su séquito, regimiento y banda de dragones asistieron,
entre arcos triunfales y cohetes, a la fundación de San Fernando de
Buena Vista, así llamado por el bonito panorama que se observaba desde
esa última lomada en honor del príncipe heredero, futuro Fernando VII.
De inmediato se dio inicio a la construcción de un canal a través de
los bañados, que permitiera a las naves llegar hasta un futuro puerto
de San Fernando, es muy probable que este canal de un kilómetro haya
sido la obra civil más importante que se emprendió en el Virreinato
del Río de la Plata.
También se ordenó despoblar Las Conchas, y así 143 vecinos concheros
emigraron a La Punta. Pero ya entonces las ordenanzas de este tipo se
cumplían con morosidad y el despoblado Las Conchas se resistió a
desaparecer. En agosto de 1806, año en que nació San Fernando y debió
morir Las Conchas, el capitán Santiago de Liniers encontró de extrema
utilidad desembarcar en el puerto de guardia frente a la casa de
Goyechea con una fuerza expedicionaria que desalojaría a la primera
invasión inglesa de Buenos Aires. A raíz del desembarco de Liniers, el
riachuelo o río de las Conchas perdería a mediados del siglo XX su
nombre monárquico, adaptándose el más republicano de río de la
Reconquista. Consta que el ejército reconquistador halló dificultad en
superar los pantanos del camino a San Fernando, pues el de 1806 fue un
invierno lluvioso. Los estragos que sufría Las Conchas no habían
terminado. A un año de la Revolución de Mayo de 1810, los navíos
españoles hostigaban estas orillas y en repetidas ocasiones
desembarcaron tropas, asolando la comarca en ademán de anacrónico
reconquista. Para defenderse, los vecinos organizaron una compañía
militar que luego devendría en el regimiento de Colorados de Las
Conchas y también se alistaron como marinos en las primeras naves de
corso del flamante país.
En 1812, en Las Conchas quedaban 60 familias, en su mayoría
pescadores, labradores y comerciantes de frutas. Los habitantes,
además de las invasiones de ingleses, portugueses o españoles, sufrían
las repetidas invasiones de las aguas: en 1813 se menciona 'nuevos
ríos que se van formando, como es el que llaman el Tigre'. Según
Enrique Udaondo, en un plano de 1805 el nombre del Tigre aparecía como
'un arroyito insignificante'. El proceso natural que terminaría con
Las Conchas y daría origen a Tigre culminó en 1820. Año de gravísima
crisis política en las Provincias del Sud, mientras San Martín luchaba
en el lejano Perú y se esperaba de un momento a otro una gran flota
española en el Plata, la naturaleza aportó un desastre más a la
comarca. Otra sudestada, que provocó una creciente entre el 19 y el 20
de junio, se llevó el pueblo con más de un centenar de sus almas, y
abrió definitivamente un nuevo curso fluvial, transformando el
insignificante arroyito del Tigre en un cauce capaz de recibir las
naves que hasta entonces hacían puerto en el río Las Conchas, que el
Tigre desangró de su caudal. El río viejo no desapareció, pero quedó
impracticable y su puerto languideció, pues además de haber aparecido
otro mejor, la península donde se encontraba se había transformado en
una isla. Pero había nacido Tigre.
Una polémica comenzó entonces entre los vecinos de Las Conchas,
partidarios del nuevo puerto que reclamaban un puente para carretas
sobre el nuevo río para alcanzar la nueva isla, y los vecinos de San
Fernando que defendían el canal artificial hasta su pueblo. Una vez
más, los vecinos de Las Conchas sufrieron un revés, pues se decidió
por la construcción del canal. El vecindario de Las Conchas se resignó
a construir un veredón o terraplén que asegurara las comunicaciones en
todo tiempo con San Fernando y Buenos Aires. El terraplén llegó hasta
el canal, en cuya excavación se dice que trabajaron los prisioneros
tomados en las invasiones inglesas. El hecho es que ya en 1827, a raíz
de la guerra con Brasil (que tenía una flota en el Plata), el gobierno
de Rivadavia prohibió "los desembarcos por otros puntos que no sean
los de las Conchas, Tigre y Canal de San Fernando". Hay una
interesante descripción de la comarca visitada en 1828 por el
naturalista francés D'Orbigny, quien al regreso de una expedición al
Chaco desembarcó en Conchas por temor a los corsarios brasileños. '...
Recorrí la aldea de las Conchas, la que es por su aspecto como una de
esas pequeñas aldeas del Sena, y se extiende a lo largo del río Las
Conchas. Se compone solamente de cosas donde se expenden diversos
artículos caros y ordinarios y bebidas llamadas para marineros,
quienes los frecuentan. Una fila de barcos ocupa las riberas fangosas
del río, sobre el cual están situadas las casas colocadas sin orden,
en medio de huertas, bosques y de tierras inundables a tal punto, que
las grandes mareas del Plata, que frecuentemente tienen gar, se ven en
la necesidad de andar en canoas de una a otra casa'.
Ya en 1584 un tal Agustín de Salazar, vecino de Buenos Aires, vendió a
un Pedro Morán 'una suerte de tierras en el río de los Conchas, que
tiene de frente quinientas varas y de largo una legua' y algunas otras
propiedades a cambio de 'una capa de raya mediotraida y unos calzones
de lienzo nuevos y más un jubón de lienzo y más un coleto
acuchillado'. Se comprende que durante el XVI y XVII el contrabando de
géneros para Buenos Aires fuera un muy buen negocio. Con el capital
adquirido como premio por su acción, el capitán Acassuso hizo más
capital. En las todavía desoladas barrancas de San Isidro, donde
entonces no existía más que un caserío de miserables labriegos llamada
Montes Grandes o Monte Grande, el capitán hizo fortuna en pocos años,
pues ya en 1706 estaba en condiciones de colocar la piedra fundamental
del primer templo de la comarca, construido por él mismo en advocación
de San Isidro, patrono de los labriegos. Domingo Acassuso fue el
primer vecino renombrado de la comarca y en torno a su templo de San
Isidro Labrador nació un hermoso y próspero pueblo, en lo alto de la
barranca. Con su flamante iglesia, San Isidro -todavía llamado
indistintamente Monte Grande- fue declarada sede de uno de los seis
curatos fundados en 1730.
El pago de Las Conchas quedó así repartido entre este curato y los de
La Matanza y el aún más distante Luján, con lo cual para ir a misa
algunos fieles tenían que viajar dos días a caballo. Las protestas de
los vecinos de Las Conchas, obligados a cabalgar nueve leguas hasta
Luján para recibir un sacramento, quedaron asentadas en las actas del
Cabildo porteño, que sin embargo rechazó este reclamo, mencionando las
dificultades que se encontraban en invierno para vadear el Las
Conchas, cuando 'se hace impracticable su tránsito, valiéndose los
vecinos de canoas y balsas de cuero'. En esos mismos años, el vecino
porteño Francisco de Merio construyó una capilla en su estancia, allá
por el extremo oeste del pago de Las Conchas, que puso bajo la
advocación de Nuestra Señora del Camino, pues por allí pasaba el
Camino Real que llevaba a Chile y Perú, camino que mucho después se
llamaría avenida Rivadavia, y también R.N. 7.
En 1760 los frailes franciscanos, establecidos diez años antes,
construyeron en el pueblo de Las Conchas una capilla de Santa María,
antecesora de un templo de adobe que desapareció junto al resto del
pueblo con la terrible crecida de 1820. La parroquia de Las Conchas
fue creada en 1780. Pocos años antes Concolorcorvo, en su apasionante
informe sobre las postas entre Buenos Aires y Lima, mencionó que la
Gran Aldea se aprovisionaba de 'mucho leño en rojos que traen las
lanchas de la parte occidental del Paraná, y muchas carretas que
entran de los Montezuelos de los Conchas'. En El Lazarillo de Ciegos
Caminantes, Concolorcorvo describe además el 'deleitoso y fértil'
camino de ocho leguas hasta el pueblo de las Conchas, entre campiñas
en las que abundan el durazno y 'los sembrados de pan y maíz, con lo
que se pastorean muchos ganados. Pasando el riachuelo que nunca puede
tener mucha profundidad, por extenderse en la campaña causando en
tiempos de las avenidos muchos atolladeros y bañados, que incomodan y
atrasan las jornadas, se encuentra un monte poco espeso de árboles que
llaman talas y se dilato por espacio de dos leguas'. Más tarde se lo
conocería como El Talar de Pacheco. Según la Reseña Histórica del
Partido de las Conchas de Enrique Udaondo (en la que se basa esta
síntesis) 'el pueblo de Los Conchas llegó a su apogeo comercial a
fines del siglo XVIII, y era tal la afluencia de buques que en la
memoría que presentó al rey de España el virrey de Buenos Aires,
Marqués de Loreto, en febrero de 1790, hace mención de ello'. En 1790
ya funcionaban nueve aserraderos y un astillero en lo que un día
todavía lejano se llamaría Tigre. El pueblo de Las Conchas no tendría
fortuna. A principios del siglo XIX estas tierras, desde siempre bajas
y anegadizas, comenzaron a revelarse un poco más bajas y anegadizas
que de costumbre.
Entre el 5 y el 6 junio de 1805 una breve pero intensa sudestada
provocó una creciente que destruyó casi todo el poblado y depositó
algunas embarcaciones a 1500 varas de la orilla. A raíz de esta
calamidad el virrey, siguiendo la petición de los vecinos, propuso al
Cabildo desplazar el pueblo a un lugar mejor, que se encontraría en el
paraje llamado La Punta. 'En otra recorrida vi sucesivamente San
Isidro, La Punta y las Conchas. El primero es un lindo pueblo que ve lo
mismo que Barracas y sus cercanías de residencia en verano a muchos
ricos porteños. En La Punta, situada a más de una legua al oeste de
San Isidro, se hunde enteramente el barranco (...) por detrás, en
cuanto puede extenderse la vista, el país es llano, pantanoso,
cubierto de zarzales y espinilla que se envía en cantidad a Buenos
Aires como leña. Toda la comarca está llena de jaguares. El pueblo de
las Conchas está a más de media legua de La Punta, en la parte más
llana del país, al borde de un arroyo que desagua en el río Luján, un
poco antes de desembocar éste en el Paraná. Pueden llegar hasta este
sitio los embarcaciones de muchas toneladas y en él descargan sus
géneros todos los que bajan por el río viniendo del Paraguay...'
Durante el gobierno de Rosas, el general Angel Pacheco y de la Concha
compró la gran estancia de El Talar en el pago de Las Conchas, tierras
que antes pertenecían a López-Camelo. El pueblo del General Pacheco
debe su nombre a este guerrero de la Independencia, que luchó con San
Martín junto a los granaderos a caballo. A fines del siglo XIX, sus
descendientes construirían en la estancia de El Talar una bella
mansión, que hoy es parte de un barrio privado, así como la iglesia de
General Pacheco.
En 1854 se censó que el partido de Las Conchas tenía 960 habitantes,
de los cuales 10 % eran extranjeros (españoles, ingleses, franceses,
italianos, portugueses y de otras nacionalidades). En Las Conchas
había diez pulperías y almacenes, 24 casas y 166 ranchos. Además del
comercio y la artesanía, las actividades productivas del pago (que
tenía una superficie de 13 leguas) eran la agricultura, con una legua
cuadrada de superficie cultivada distribuida en 82 chacras, y la
ganadería, con 3.200 vacas, 2.000 yeguarizos y 4.200 ovejas. El
partido de Las Conchas producía animales en pie, cueros vacunos y
lanares, lana, sebo, grasa, manteca, papas, verduras y forrajes. Dos
años más tarde el gobernador de Buenos Aires reestableció una
sub-delegación de Marina (que existía desde el tiempo virreinal y había
sido suprimida por Rosas) con asiento en el Canal San Fernando y
jurisdicción sobre los partidos de San Isidro, San Fernando y Las
Conchas. En este documento se reconoce que 'el puerto de Tigre es un
excelente carenero para los buques de ultramar' y se recomienda 'la
conservación de sus bosques naturales o de uso común en el Miní, los
Caracoles y el Guazú por la parte del Norte, y desde el último
próximamente en línea recto hasta la altura de Zárate'. Este mismo
Canal de San Fernando dejaría algo perplejo a Sarmiento cuatro años
más tarde, cuando inspeccionó la zona como jefe del Departamento de
Escuelas. El fogoso prócer encontró y describió una toldería de
ranchos del lado de San Fernando y del lado de Las Conchas 'una línea
de ranchos y habitaciones que no han desmerecido el nombre
significativo de proletarios'. Pero un año después ya había una
escuela (que sería dirigida por el eminente educador holandés Adolfo
Van Gelderen) junto al puente que unía ambas orillas, entre las que se
nutría una rivalidad creciente. San Fernando y Las Conchas se
disputaban los derechos percibidos sobre el canal, litigio que llegó
hasta la Corte Suprema, que dio razón a San Fernando. El primer tren
llegó a Las Conchas el 1 de enero de 1865.
Con el tren se dio un significativo impulso al desarrollo de la
comarca: hasta entonces las carretas tardaban un día entero de viaje
para ir de Tigre a Buenos Aires. Dos años después, una terrible
epidemia de cólera (que según parece llegó por el Paraná hasta Las
Conchas, traída por los veteranos de la guerra del Paraguay) hizo
estragos en el partido, donde fue más grave que en Buenos Aires. Por el
contrario, durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871, Tigre y Las
Conchas ofrecieron refugio a los vecinos porteños. En 1872 asumió como
primer intendente municipal el doctor Daniel María Cazón, quien
durante su administración impulsó las escuelas, extendió el alumbrado,
mejoró calles y caminos, construyó desagües, plantó arboledas y
desarrolló una tarea tan proficua que hoy Tigre lo recuerda con el
nombre de su avenida más céntrica. Durante la presidencia de
Sarmiento, se instalaron en Tigre los Talleres de Marina, en un predio
sobre el río Luján en el que hoy se encuentra el Museo Naval. Las
aguas del Luján, entre Tigre y Las Conchas vieron en más de una
oportunidad el paso de naves y ejércitos.
En 1859, después de la batalla de Cepeda y el Pacto de San José de
Flores, fondearon en Tigre cinco vapores de la Confederación y cuatro
veleros, en los que se embarcaron las tropas confederadas de regreso a
casa. El 4 de octubre de 1877 estalló en el fondeadero militar del río
Luján el vapor Fulminante, desastre que dejó once muertos y arrojó
fragmentos del buque hasta 25 cuadras de distancia. En la revolución
de julio de 1893, que convulsionó al vecindario, diversas naves de la
escuadra fondeadas en el Luján se plegaron a la sublevación y
partieron hacia Rosario. Un año antes, en el Talar de Pacheco, habían
tenido lugar las primeras maniobras modernas de adiestramiento del
ejército. En 1889 el partido cedió buena parte de sus 418 kilómetros
de superficie continental para que en el oeste naciera un nuevo
partido, llamado entonces General Sarmiento y hoy, Malvinas
Argentinas, San Miguel y José C. Paz. Hacia 1900, las islas de Tigre
producían frutas y maderas, además de dulces, conservas, embutidos y
licores. Había varios aserraderos y talleres de carpintería. En esos
mismos años, se descubre con el esplendor de la Bélle Epoque la faceta
turística de Tigre, que se enriqueció en esos años con obras de
arquitectura notables. La llegada en 1916 del tren eléctrico de Buenos
Aires a Tigre acentuó el progreso turístico y la popularidad de sus
islas, cuyo atractivo ya había sido descubierto medio siglo antes por
Marcos Sastre, y confirmado por Bartolomé Mitre y Domingo Faustino
Sarmiento, quienes fueron entre los primeros y más ilustres amantes
del Tigre insular.
El mayor precursor del crecimiento de la primera sección de islas, fue
sin dudas Domingo F. Sarmiento (1811-1883), primer personaje de una
serie de prohombres que enriquecieron el Delta a lo largo de su
historia. En 1855 introdujo desde Chile el mimbre, que se convirtió en
un elemento fundamental para "la isla". El maestro tenia su casa donde
hoy funciona el museo y en la costa opuesta plantó el primer mimbre,
sobre el arroyo Angostura y casi el arroyo Los Reyes. Leopoldo Lugones
es otro de los personajes que dió fama al histórico hotel El Tropezón,
por ser epicentro de su suicidio. En la esquina del gran salón del
hotel Aeronavegantes, tradicionalmente conocido como Llao Llao, solía
sentarse Jorge Luis Borges a disfrutar de la peculiar atmósfera de
este laberinto. "Mil sitios habrá en el globo más pintorescos, por las
variadas escenas y románticos paisajes con que la naturaleza sabe
hermosear un terreno ondulado y montañoso; pero ninguno que iguale a
nuestras islas en el lujo de su eterno verdor, en la pureza de su
ambiente y de sus aguas, en la numerosidad y la gracia de sus canales
y arroyuelos, en la fertilidad de su suelo, en la abundancia y dulzura
de sus frutos". Marcos Sastre, El Tempe Argentino. El nombre del
arroyo Espera también tiene una connotación histórica, puesto que a
fines del siglo XIX las embarcaciones provenientes del Paraguay debían
esperar en sus costas un turno para entrar al puerto de Buenos Aires.